África
Hoy el calor se siente con furia. Es una de esas noches de verano en las que cuesta hasta respirar. No me apetece estar sentada, pues mi propio cuerpo estampado en el sofá, me da calor. El sudor cae por cada pliegue de mi piel: por los codos, las axilas, la nuca, y por debajo de mis pechos. Me inclino a coger el vaso de agua, pero ya no puedo beber más. Noto mi mi estomago con una distensión ya incómoda. Los ruidos del exterior son salvajes. Se oyen los coches corriendo más de lo normal, a la gente gritando sin parar, y la música a todo volumen. La intensidad misma de la vida, que quiere escapar de la muerte. Y yo recuerdo. Esas noches en África donde se hacía eterno que llegara el fresco. Pero allí el calor era más seco, más tranquilo. Era una calor que te invitaba a moverte despacio, a ir hacia la oscuridad, a buscar un hueco donde esconderte. Puedo oír los tambores y los cánticos, que se metían en tu mente para que olvidaras tu propia realidad. Me levando y voy al baño, pero no...